viernes, 7 de junio de 2019

Banca, fintech y después...

La reciente noticia sobre los nuevos requisitos que exige EEUU para tramitar la visa solicitando la identificación del usuario en las redes sociales, entre otros datos, es una muestra cabal de la importancia que estas redes tienen para la predicción de los comportamientos humanos.

Los datos publicados por Statista Digital Economy son contundentes acerca del poder de internet en ese sentido. ¿Qué sucede en 60 segundos en internet? El informe indica que en tan sólo un minuto se realizaban en el año 2017 más de 3,8 millones de búsquedas en Google, mas de 87.000 horas de videos eran vistos en Netflix, más de 1,5 millones de canciones eran escuchadas en Spotify, más de 400 horas de videos eran subidos en YouTube, se enviaban más de 156 millones de correos electrónicos, más de 243.000 fotos se subían a Facebook y otras 65.000 en Instagram, se enviaban más de 350.000 tuits, más de 29 millones de mensajes por Whatsapp, se abrían más de 120 nuevas cuentas en Linkedln y se efectuaban más de 18.000 “matches” en Tinder, entre otras tantas acciones efectuadas en las redes sociales.

El avance tecnológico es exponencial y nunca la humanidad estuvo tan conectada como en la actualidad. Con la revolución de internet han nacido nuevos modelos de negocios y un sin número de plataformas colaborativas que reconfiguraron la interacción social y el estilo de vida de las personas. Estos cambios de gran impacto en las formas de consumo y en la manera de relacionarse, potenciados especialmente por los "nativos digitales", son la mayor amenaza para los bancos quienes deben adaptarse con estructuras muy pesadas y burocráticas.
 
En este contexto, las redes sociales por medio del “big data”, “machine learning” y otras herramientas de “data science” saben hoy más de las personas que cualquier agencia de crédito y tienen una posición privilegiada para poder ofrecer servicios financieros mucho más ágiles y eficientes acorde a los nuevos hábitos de los usuarios al igual que el resto de los servicios que brindan con inigualable éxito. Hace ya varios años que las grandes empresas tecnológicas han pasado a ser las compañías de mayor valor desplazando a las industrias convencionales y generando una formidable y alentadora expectativa en todo el ecosistema fintech.

 
Fuente: Elaboración propia en base a datos de mercado, Yahoo y S&P Global 

¿Podría significar esto el final de los bancos? Como puede apreciarse del gráfico anterior, los activos de las entidades financieras son muy significativos dado que a través de ellos se canaliza una enorme proporción de los flujos de fondos de la economía mundial. Por otro lado, las regulaciones en los países son cada vez más estrictas a los efectos de controlar el origen de los fondos y la legalidad de las transacciones globales, y por lo tanto los bancos siguen siendo una pieza fundamental al ser los intermediarios del dinero cuyo monopolio se encuentra en manos de los diferentes Estados. 
 
De esta manera, la alianza entre la banca y las fintech es una necesidad cuyo eje central es el “usuario” quien demanda nuevas experiencias vinculadas tanto a la ingeniería como al diseño y la funcionalidad de las plataformas utilizadas. Sin dudas el plato fuerte de las empresas tecnológicas son los sistemas de pago, siendo por otro lado su gran desafío el sistema de préstamos especialmente el “crowdlending” entre empresas.

El crédito bancario es un instrumento relevante de financiación en las empresas cuya utilización puede apalancar positivamente sus resultados y propósitos estratégicos, como así también ocasionar un severo perjuicio a la organización y a sus “stakeholders”. Es por eso que entender la lógica crediticia y las buenas prácticas utilizadas en las entidades financieras facilita el acceso idóneo a las fuentes de financiación, posibilitando la creación de valor tanto en las empresas como a los emprendedores que necesiten recurrir a terceros para poder abordar sus nuevos negocios.

De qué manera las fintech y las grandes empresas tecnológicas podrían ofrecer un volumen prominente de asistencia crediticia en la economía empresaria y cuál sería el “marketplace” para colaborar sin conflicto de intereses en esa asistencia, son algunos de los grandes interrogantes que plantean las finanzas 4.0. Ante este difícil reto y que hasta ahora no se ha podido desentrañar, nos podríamos preguntar si el advenimiento de la moneda virtual y, acudiendo a la calificada obra de Hayek, la desnacionalización del dinero no serían las claves de dichos interrogantes.
 

domingo, 30 de diciembre de 2018

Navidad, un festejo que nos interpela

Una vez más, y como viene sucediendo desde hace muchos años, el gran ausente en los festejos de la Navidad es, paradójicamente, Jesús. La desnaturalización en la conmemoración cristiana de la Natividad del Hijo de Dios no es casual, hay muchos factores e intereses para transformar una celebración religiosa en un evento comercial y pagano, y más allá de esos motivos, hay un campo propicio para lograrlo: una sociedad relativista que privilegia lo efímero y que no desea ahondar en las creencias aún cuando en esa evasiva se incurra en las mayores contradicciones.

El hombre es un ser espiritual, cuyas creencias no sólo lo despojan del vacío existencial sino que además le permiten superar la mera acción inmanentista de la libertad. Como decía con gran sabiduría Ortega y Gasset en su ensayo Ideas y creencias, mientras en las “ideas” pensamos y hacemos, en las “creencias” somos y estamos, unas se tienen, se conjeturan, las otras nos sostienen, son el “continente de nuestra vida”.
 
El nacimiento de Jesús es el eje de la historia universal, a partir de Él no sólo nace el cristianismo sino que además dividimos la cronología de los hechos históricos. Pero la Encarnación del Dios Hijo en la Virgen María por el Espíritu Santo no es sólo un hecho histórico para los cristianos sino un hecho sobrenatural, una revelación divina que nos trae la buena noticia: Dios está con nosotros, Jesús es el Señor de la historia, Él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).
 
Este es el verdadero motivo del festejo el cual brota de un saber muy particular: la fe, complemento de la razón y alimento de la esperanza. Las experiencias religiosas implican “releer” la realidad de la vida, es sumergirse en un fascinante misterio para descubrir lo sagrado sondeando detrás del velo de la ignorancia.

A diferencia de lo que muchos piensan, la fe no es ingenuidad ni un impedimento para el progreso, por el contrario, requiere cultivar el espíritu y experimentar una gran contemplación de tal modo poder transformarnos en colaborador de Dios para la obra de su Creación. Así la fe es un auténtico medio absolutamente voluntario para la ayuda mutua entre las personas, sin la necesidad de un Estado que gobierne nuestras vidas a su antojo sino que proteja los derechos naturales del hombre para su fructífera cooperación social.

Cuando pienso en aquellos colonos ingleses del “Mayflower” me los imagino desembarcando con la esperanza propia de la convicción religiosa que los convocaba. Alexis de Tocqueville en su clásica obra La democracia en América relata las costumbres y las ideas de esos colonos y su influencia en la estructura política de ese nuevo país, y entre muchas otras consideraciones expresó que “la religión ve en la libertad civil un noble ejercicio de las facultades del hombre; en el mundo político, un campo cedido por el Creador a los esfuerzos de la inteligencia”.

Es precisamente ese ejercicio de la libertad una necesidad humana para la sana convivencia y de total conformidad con la proclamación evangélica: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39). La civilización del amor tantas veces proclamada por Juan Pablo II es la propuesta cristiana para impulsar una sociedad honesta, respetuosa, justa y solidaria, y esa propuesta debe ser animada por el propio testimonio de los cristianos, porque “en esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a los otros” (Jn 13,35).
 
Este es el mandamiento nuevo de Jesús y que nos llama a su permanente encuentro como el primer día. En Deus caritas est, la primer encíclica del pontífice emérito Benedicto XVI nos señala que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” y esa Persona es Jesús, el Hijo de Dios enviado al mundo “para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9).
 
La Navidad no debe ser motivo de conflictos y contradicciones sino de una bendita armonía. Festejar el tiempo litúrgico de la Navidad significa celebrar la llegada del Salvador y una oportunidad para abrir los corazones, estrechar los lazos de amor fraterno y seguir alimentando nuestra fe en el Dios Uno y Trino para alcanzar la vida eterna.
 

sábado, 9 de diciembre de 2017

Entre incertidumbres y certezas

Decíamos en el posteo “Escasez: las ciencias sociales y el paraíso perdido” que el hombre convive con la incertidumbre como resultado de su ignorancia. Karl Popper lo ha repetido en diferentes ocasiones y nos ha señalado que el avance de la ciencia no tiene fin, no tiene límites, porque esa ignorancia sencillamente es infinita. Esta proposición también lo ha manifestado en su autobiografía intelectual Búsqueda sin término, en donde incluso llega a decir que “nunca conoceremos aquello de lo que estamos hablando” porque cuando se propone una teoría hay una infinidad de enunciados imprevisibles que pertenecen al contenido informativo de la misma formulación teórica que se está realizando.

El hombre navega en un mar de incertidumbres y como tal nos insta a buscar respuestas cambiantes y con final abierto; nunca llegaremos a una verdad absoluta que apacigüe los complejos desafíos de la vida. Pero, ¿es la incertidumbre el único inquisidor del hombre?

A pesar de su infinita ignorancia, el hombre posee certezas. Siente, piensa, actúa... vive, es una certeza cuyo realismo inteligible le permite llegar a esta verdad superando cualquier debate epistemológico. El ser humano es ante todo un sujeto que entiende y concibe el mundo en su mismo acto de ser, y está en él armonizar libremente sus propias acciones e intereses con los de la comunidad para mejorar su bienestar y la de sus semejantes. Pero ese ser en acto y en potencia tendrá categóricamente un final. La muerte es también una cruda certeza que nos da cuenta de la finitud de nuestro ser.

Así la peregrinación humana va entre el nacer y el perecer, y durante ese desarrollo el hombre le da sentido a su ser cuya potencialidad se conjuga con la permanente amenaza de un final inconcluso derivado de los riesgos impredecibles de la vida. A diferencia del animal, el hombre sabe cuál será su fin y ese es un factor que inquieta la conciencia humana. La muerte se convierte así en otro punto de inflexión para la razón: todo se termina a partir de ese trágico momento… ¿o es a partir de allí que traspasamos a una vida sobrenatural puramente espiritual o inmaterial?

 
La rigurosa expiración de la vida y la posibilidad de un más allá le advierten sobre la necesidad de una profunda introspección de sus acciones. A quién le debe rendir culto el hombre, ¿al Dios eterno o a su propia felicidad temporal?, ¿debe cultivar la espiritualidad u optar por la concupiscencia? Este planteo nos conduce a una nueva paradoja existencial: la fe nos salva espiritualmente de la carga del tiempo y su desenlace final, pero precisamos de los bienes para superar las necesidades biológicas que nos demanda cotidianamente la esfera secular.

En este sentido, para el cristianismo, el Nuevo Testamento somete al hombre a una severa advertencia: “¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios” (Mc 10.24-25). Esta frase parece desconcertante, ¿estamos todos condenados a la pobreza para poder alcanzar la salvación? Por supuesto que no: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible” (Mc 10.26-27). El éxito económico es así una barrera al Reino de Dios si existe un desorden espiritual y una preferencia profana, dado que el amor a Dios debe estar por encima de todas las cosas, y ese amor a Dios implica su total supremacía respecto a cualquier materialismo, tanto científico como filosófico.

Pero la fe no se sustenta en base a una incuestionable prueba universal sino que apela a la razón individual y a la más íntima convicción del hombre. “De no ser por esta voz que tan claramente habla a mi conciencia y a mi corazón cuando miro a este mundo, yo sería ateo, o panteísta, o politeísta” confiesa el Cardenal Newman en su relato autobiográfico. Dios se revela al mundo a través de su creación y por medio de su hijo, el Mesías, pero es el hombre quien debe dar voluntaria y libremente su respuesta a ese llamado divino de salvación. La noción de Dios es una experiencia absolutamente personal y como nos dice Jean Guitton en Mi testamento filosófico “conservar la fe es propio de un espíritu crítico”.
 
Aunque parezca una contradicción en los términos, la incertidumbre es tan cierta para el hombre como su propia existencia y muerte ulterior, debiendo sobrellevar la innata ignorancia que le depara su misteriosa naturaleza sin sucumbir por ello en la inquebrantable búsqueda de la verdad. Todos somos deudores de la vida, una vida que por las incertidumbres que conlleva nos puede resultar tan ingrata como angustiante, pero a la vez una oportunidad virtuosa y santificante al ser el hombre protagonista de los desafíos que el don de la vida le propone personalmente honrar para sí mismo y para el bien de los demás.

domingo, 27 de marzo de 2016

Una prodigiosa lección de economía empresaria

El capítulo 25 del Evangelio según San Mateo, versículo 14 al 30, nos brinda una gran enseñanza religiosa pero también nos deja una prodigiosa lección de economía empresaria. La parábola de los talentos revela nuestra responsabilidad por los dones recibidos, nos señala el sentido de hacer fructífera la vida ejercitando nuestras propias capacidades.

Si bien la parábola nos habla del reino de Dios y del juicio final, nos habla también de emprendedurismo y empresarialidad a través de la economía de los talentos, una palabra que conlleva en el Evangelio dos significados: en primer lugar se utiliza como dinero o moneda dado que el “talento” era la unidad de medida de aquél momento, pero a la vez se utiliza como un don que debemos multiplicar en nuestra vida.


La parábola nos entrega al menos tres axiomas económicos relevantes. El primero de ellos es la desigualdad natural en las capacidades de los hombres: “A uno le dio cinco talentos, a otros dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad”. Los talentos no son dados a todos por igual, en la parábola el amo confió a sus servidores diferentes talentos pero a cada uno de ellos le reclamó la productividad proporcional al dinero recibido.

Esta diferenciación resalta el valor de la heterogeneidad humana en oposición a un sistema colectivista de igualación en donde nadie posee responsabilidad ni mérito alguno. En consecuencia, para que surja la responsabilidad debemos garantizar la libertad individual promoviendo una sociedad abierta y emprendedora; y para conseguir esa libertad debemos pregonar la ausencia de coacción tanto externa como interna, dado que cualquier tipo de manipulación o violencia a la persona o a su propiedad limita la libertad y condiciona las acciones humanas.

Este principio de no agresión facilita así la complementación de los talentos la cual es ciertamente virtuosa cuando brota de la acción humana libre y voluntaria, esto es cuando nace de su propio interés para sustituir, en términos de Mises, “un estado menos satisfactorio por otro mejor”. Aquí, el interés propio no anula la mutua colaboración, por el contrario, la diferencia en las capacidades y habilidades humanas es la razón de ser de aquella complementación a través de la cual podemos superar las debilidades individuales.

El segundo axioma surge como derivación del anterior y consiste en descubrir la auténtica vocación para cumplir del mejor modo con nuestro compromiso de acrecentar los frutos. La vocación es un llamado, es una convocatoria a la cual debemos responder como deudores en el transcurso de la vida, porque a ella no llegamos de forma autónoma sino por el don recibido.

Sin dudas cumplir ese llamado requiere mucha perseverancia y pasión. El desarrollo de las capacidades implica eludir el ocio y la haraganería para poner el ingenio al servicio de la creación de nuevos recursos materiales o intangibles. Esconder o reprimir nuestros talentos es contrario a la voluntad de Dios: “¡Siervo malo y holgazán! Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido”, nos dice el Evangelio de San Mateo.

De esta manera la parábola nos manifiesta que la actividad lucrativa no es mala per se, por el contrario, estamos llamados a multiplicar los bienes de esta tierra, y en este sentido es pertinente recordar que justamente la palabra negocio proviene de la unión de dos palabras latinas: nec otium, esto es “no ocio” o negación al ocio, vale decir, una actividad con ganancia o recompensa. De igual forma podemos decir que la avaricia por parte de aquellos que disponen la riqueza es también contraria a la voluntad de Dios como lo hizo aquél “siervo malo y holgazán” enterrando el dinero en el suelo.

Finalmente, como tercer axioma, la parábola resalta la posibilidad de valerse de la actividad financiera para conseguir el bien por el cual fuimos convocados: “tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses”. El Evangelio no solamente hace alusión al costo del capital o al valor temporal del dinero sino también a la necesidad de alcanzar un objetivo superior en el largo plazo y que le da sentido a esa responsabilidad por sustentar dicha creación de riqueza.

El valor de la empresa no resulta de la maximización de las utilidades hoy sino de las potenciales utilidades que se pueda obtener en el futuro. Pensar exclusivamente en el presente puede destruir valor a largo plazo y esa dimensión del tiempo es la que brinda un significado a la empresa dado que la continuidad del negocio a largo plazo permite superar los límites actuales para trascender hacia las próximas generaciones a través de sólidas relaciones de confianza y un saludable sistema de valores compartidos.

En resumen, los retos empresarios son hasta aquí múltiples y complejos: valorar la diversidad, motivar la iniciativa individual, fomentar la colaboración, impulsar el compromiso, desarrollar las habilidades alineadas al negocio, transmitir coherencia y ejemplo para fortalecer las creencias y valores a largo plazo; en definitiva, inspirar el significado del trabajo de sus colaboradores para liberar su talento y potenciar sus capacidades con originalidad, transparencia e integración, y conscientes además que es en la empresa en donde se amalgama gran parte de la realización de las personas como deudores de la vida.

No es extraño entonces vislumbrar la notable analogía entre los proféticos axiomas de la parábola del Evangelio con el “talentismo” que hoy están viviendo las empresas a la manera de un “nuevo capitalismo” tal como lo ha denominado Klaus Scwab, fundador del World Economic Forum. El fracaso de las teorías socialistas ha puesto de manifiesto la importancia del capital humano, siendo hoy la gestión del talento uno de los objetivos primordiales que tienen las empresas y como tal no se limita exclusivamente al “bottom line” de su estado de resultados.
 
La actividad económica es mucho más que un conjunto de transacciones comerciales, hay en ellas un sinfín de interrelaciones personales colmadas de intereses, emociones, sueños y proyectos. Las personas son la esencia de la economía empresaria, y cada una de ellas aporta su talento y su propia identidad; y como nos expresa Viktor Frankl en su maravillosa obra El hombre en busca de sentido, las personas eligen en una gran masa de posibilidades en cuál de ellas ha de realizarse, cuál será su “huella inmortal en la arena del tiempo”, cuál será el “monumento de su existencia”. Es por ello que al unir con total comprensión, ecuanimidad y destreza estas realizaciones personales con las metas y competencias requeridas por el negocio, se afianza no sólo la sustentabilidad y el éxito de la empresa a largo plazo sino también la calidad de vida de sus empleados y su propio sentido existencial.

lunes, 21 de diciembre de 2015

La función social del empresario

El empresario es un factor clave en la economía de un país, su influencia es de tal magnitud que podemos decir que la economía se fundamenta conforme a la figura del empresario dado que sin empresa no hay economía.

La función empresarial es tan amplia como compleja, motivo por el cual no es fácil circunscribir el concepto de empresario; sus acciones están referidas tanto a la propiedad intelectual del emprendimiento como a la inversión del capital, la dirección y administración de la empresa. Es por ello que su función está íntimamente relacionada a la teoría de la decisión cuyo ámbito interdisciplinario es el pilar que caracteriza al mundo de los negocios.

Para acercar una aproximación de dicho alcance podemos decir que sus funciones se extienden desde la gestación del negocio hasta la coordinación de los recursos necesarios para alcanzar su misión y objetivo estratégico, adaptarse a la evolución cultural y tecnológica, maximizar las utilidades del capital invertido y hacer de su negocio una verdadera comunidad de personas, sustentable en el tiempo y cuyo sentido trascienda a la misma empresa, a quienes la conforman y a todo su entorno económico, social y ambiental.

Como vemos el empresario requiere cubrir de manera colectiva diferentes instancias del saber y del hacer, y cuyos logros constituyen la clave del éxito y el progreso tanto de la empresa como de la economía en la cual se desarrolla, y como señalábamos precedentemente ese éxito comienza por uno de los roles más distintivos: su gestación, esto es su anhelo de “emprender”. La libre empresa supone un empresario rico en ideas y a la vez motivado por la acción, un empresario que lo anime el lucro pero también el riesgo, un empresario inspirado en el cambio pero sin que lo inhibe la posibilidad del fracaso.

De este empresario emprendedor se desprende otro de sus atributos característicos: la innovación. Uno de los primeros en destacar esta necesidad fue Joseph Schumpeter quien en su obra Capitalismo, socialismo y democracia considera al empresario como un rebelde del mercado que busca permanentemente romper el equilibrio en un proceso de “destrucción creativa”. Para Schumpeter toda empresa tiene que amoldarse a ese proceso para sobrevivir el cual es un “proceso de mutación industrial” y que “revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo ininterrumpidamente lo antiguo y creando continuamente elementos nuevos”.

La gestión de la innovación ha evolucionado a través de los años al ritmo de los cambios tecnológicos y de las diferentes metodologías de implementación, siendo en la era digital un atributo imprescindible para la creación de valor en las empresas. Pero el cuestionamiento a la posición de Schumpeter podríamos ubicarla en la concepción del mercado más que en la naturaleza de la innovación, la cual hoy se haya estimulada además por el apogeo de la creatividad a partir de los adelantos obtenidos en la neurociencia.

Israel Kirzner, en su libro Creatividad, capitalismo y justicia distributiva contrapone la función empresarial schumpeteriana como desequilibrador del mercado para crear un concepto diferente: el empresario “descubridor” de oportunidades de negocios en un contexto de conocimiento disperso y que como tal ya se encuentra en desequilibrio. Kirzner parte de los conceptos de Mises y Hayek acerca del mercado y del cálculo económico basado en la incertidumbre del futuro; es ese riesgo la fuente de las ganancias y pérdidas dado que si alguien pudiera anticipar el futuro, no habría resultado alguno. Es por esa ignorancia que el mercado es un “proceso de descubrimiento” y de esa forma el empresario no es un desequilibrador del mercado como lo proponía Schumpeter sino que es un equilibrador del conocimiento, y cuyos descubrimientos derivados de la competencia y la creatividad humana generan derechos de propiedad fundamentados en la ética y en la justicia.

El espíritu emprendedor, la gestión de la innovación y el descubrimiento de nuevas oportunidades son así los atributos intrínsecos de las empresas exitosas y los factores claves de desarrollo para cualquier economía. Sin embargo, la capacidad de “coordinación” es quizás la que sintetiza el logro de todas aquellas acciones. Existe un sinfín de información e intereses pero es el empresario, y solamente él quien puede mejor que nadie alcanzar la adecuada coordinación a través de una sana competencia, no hay nadie que pueda reemplazar esta función, esta es una responsabilidad exclusiva del empresario.

La coordinación de intereses, recursos y talentos requiere ser desplegada a toda la organización y para ello no sólo es suficiente habilidad y capacidad de gestión sino también las cualidades éticas y morales que guíen su acción. En la entrada RSE: una “nueva demanda” habíamos resaltado la importancia del capital reputacional en los negocios, siendo éste el resultado final de todas las acciones de la empresa, vale decir, una consecuencia natural de su buen desempeño, sin prebendas ni privilegio alguno.

Asimismo, la empresa y consecuentemente la responsabilidad del empresario en la economía y en la sociedad fue siempre una referencia obligada de la doctrina social de la Iglesia dado que el fundamento inmediato de esta doctrina es el hombre, su dignidad y su perfeccionamiento en el trabajo, en su familia y en su vida espiritual. La cuestión social ha estado presente desde León XIII con su encíclica Rerum Novarum hasta nuestros días, y de una u otra forma el empresario ha tenido una exhortación especial a través del cuidado de las relaciones laborales y su preocupación por el trabajo humano.

En este sentido Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus resaltó la importancia de “trabajar con otros y para otros” como así también la nueva forma de propiedad vinculada al conocimiento, la técnica y el saber: “Organizar ese esfuerzo productivo, programar su duración en el tiempo, procurar que corresponda de manera positiva a las necesidades que debe satisfacer, asumiendo los riesgos necesarios: todo esto es también una fuente de riqueza en la sociedad actual. Así se hace cada vez más evidente y determinante el papel del trabajo humano, disciplinado y creativo, y el de las capacidades de iniciativa y de espíritu emprendedor, como parte esencial del mismo trabajo”. De esta manera, resalta sin rodeos la moderna economía de empresa la cual comporta para él aspectos positivos y cuya raíz es la libertad de la persona.

En el mundo actual centrado en la conectividad, las redes sociales, la colaboración mutua, la creación de vínculos y emociones, podemos concluir que hoy más que nunca la función social del empresario es esencial y vital no sólo para la creación de riqueza en las naciones sino también para el desarrollo cultural y humano de los individuos que contribuyen a esa creación, en un contexto de cambio generacional en donde los “nativos digitales” desplazarán con mayor celeridad el eje de la nueva economía.

 

sábado, 31 de octubre de 2015

Hacia un futuro mejor

Nuevamente los argentinos nos hemos emprendido a renovar otro período presidencial, por lo tanto es una buena oportunidad para preguntarse en qué condiciones vamos a seguir edificando nuestro ineludible viaje hacia el futuro.

Para ello comenzaremos repasando un diagnóstico de la situación actual a través del Barómetro de la Deuda Social Argentina elaborado por la Universidad Católica Argentina quien nos brinda un cuadro pormenorizado de nuestra calidad de vida en términos colectivos. Y es así que dicha investigación nos revela un desolador escenario como resultado de los elevados índices de pobreza estructural, altas necesidades básicas insatisfechas, baja calidad en el empleo y en el sistema social, déficit en el acceso a las viviendas y los servicios domiciliaros de red cloacal, agua corriente y gas natural, deterioradas condiciones de salud y hábitos de prevención, desconfianza en las instituciones, falta de garantías en la seguridad e integridad física de los ciudadanos, entre otros indicadores.

Este escenario se exhibe además con brechas significativas entre los distintos sectores y estratos económicos sociales y, tal como manifiesta el Rector de la Universidad en el prólogo del informe, esta cruda realidad no es sólo una deuda pendiente del gobierno sino un desafío que interpela a toda la sociedad, a los empresarios, a las instituciones, a las ciudades, a las familias y a cada uno de nosotros.

Es posible que no debamos irnos muy lejos en el tiempo para descubrir las causas de los errores pero no podemos desconocer que cargamos con una pesada herencia que se remonta a los orígenes de nuestra nación. Como nos expresa José Luis Romero en Las ideas políticas en Argentina, las huellas de la era colonial no se han podido borrar a pesar de las múltiples contingencias del desarrollo histórico.

Ahora bien, ¿cómo ha sido ese desarrollo? Luego de la conquista y colonización española en América por más de 300 años, el pasado de nuestra nación se ha desplegado a través de un sinuoso camino institucional a lo largo de otros 200 años. Una cronología muy sucinta de la historia nacional nos permite visualizar estos vaivenes:

Después de atravesar rápidamente nuestra historia podríamos decir que numerosos factores explicarían la debilitada economía y calidad institucional, y en ese sentido podemos hallar una extensa bibliografía que examina, desde diferentes perspectivas, la compleja sociología argentina. Pero hay un factor en particular que podría considerarse clave para este análisis: el abuso del poder y la práctica autoritaria del liderazgo político y su consecuente desapego al espíritu republicano presente en los antecedentes revolucionarios de nuestra nación a partir del constitucionalismo norteamericano y consagrados luego por Juan Bautista Alberdi en las Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina; como nos dice Natalio Botana en La libertad política y su historia, en la América de habla hispana quedó en pie la independencia mientras la república comenzó a recorrer desde entonces un largo trayecto, que aún no ha concluido, en procura de su legitimidad.

Es la cultura de la dominación por la fuerza o por las acciones demagógicas las que han desatado una constante tensión y desunión en el país, generando desconfianza y egoísmos sectarios nocivos a los valores más profundos de nuestra sociedad; y ello se puede advertir a través de las diferentes antinomias que fueron (y siguen) apareciendo a lo largo de la historia y que en general han sido acompañadas de hechos violentos que forman parte de nuestra antología nacional.

La democracia de por sí asume una condición inconstante propia de la libertad y la movilidad social, de allí que este sistema político además de su esencia republicana y representativa requiere una convivencia pacífica y solidaria, y un verdadero respeto de los derechos individuales, alejados tanto del clientelismo político como de la marginación social.

Revertir esta evolución histórica es una misión de todos, con distintos grados de responsabilidad claro está, pero de todos al fin. No podemos persistir en los mismos errores, tenemos que aprender las lecciones del pasado, debemos hacer un cambio superador para revertir la deuda social descripta inicialmente, y el primer paso para ello es comprender el verdadero significado de la patria, cuyo valor hoy se ve manipulado en acontecimientos meramente triviales o usos indebidos de todo tipo.

La patria (del latín pater patris) alude a la tierra de nuestros padres, a la deuda que tenemos con quienes vivimos en comunidad. Es por ello que el patriotismo es un deber del ciudadano de cooperar al bien común y como nos expresa Santo Tomas de Aquino “después de Dios, a los padres y a la patria es a quienes más debemos” porque por El existimos, de ellos nacemos y en ella nos criamos.

Más allá del nombre presidencial que surja del histórico “ballottage” que vamos a participar en los próximos días, se hace menester comenzar a transitar una nueva etapa signada por la cultura del diálogo y la transparencia para poder construir un país verdaderamente republicano y a la vez competitivo, desarrollado, justo y solidario, para alcanzar en definitiva un futuro mejor en paz y en auténtica libertad.


lunes, 10 de agosto de 2015

La otra desigualdad

Como hemos señalado en la entrada anterior, las estrategias empresarias son la base del fundamento competitivo de una nación y la economía de mercado se presenta de esta manera como la más eficaz para promover el desarrollo humano que dicha competitividad conlleva. Sin embargo, la concentración de la riqueza sigue siendo una gran preocupación para la comunidad internacional, tal como lo advirtió elocuentemente a principios de año en Davos la ONG Oxfam ante el “World Economic Forum”: en el próximo año la mitad de la riqueza global estará en manos del 1% de la población mundial, siendo actualmente esa proporción un 48% cuando en el año 2009 era 44%.

En este mismo sentido podemos reflexionar acerca de la lista de personas millonarias publicada anualmente por la revista Forbes en donde hallamos que nada menos que 1.800 personas detentan un patrimonio equivalente al 9% del PBI mundial. Para ser aún más gráfico, el PBI argentino equivaldría a la riqueza de tan sólo 10 personas incluidas en esa misma lista.

¿Cuáles son las razones que explican semejantes brechas? Una de las hipótesis y que cuenta por cierto de una extensa adhesión, formula que es justamente la libertad económica el origen de dicho fenómeno dado que permite a aquellos que detentan una posición de privilegio enriquecerse a costa de los menos poderosos.

Numerosos economistas e intelectuales abrazan con diferentes matices esta línea de pensamiento y entre ellos es interesante destacar al prestigioso filósofo norteamericano John Rawls quien en su acreditada Teoría de la justicia ha intentado corregir estas diferencias. En esa trascendental obra Rawls concluye que los hombres necesariamente deberían decidir de antemano cómo regular las pretensiones de unos y otros, y para ello nos brinda la célebre “posición original” en donde los principios de justicia deberían escogerse tras un “velo de ignorancia”, esto es desconociendo su situación en la sociedad para que de esa manera los resultados (ya sean por el azar natural o por las contingencias de las circunstancias sociales) no den a nadie ventajas ni desventajas al menos en dos principios fundamentales: 1) la igualdad en la repartición de los derechos y deberes básicos, y 2) beneficios compensadores para todos, en particular, para los miembros menos aventajados de la sociedad.

En otras palabras, la teoría de Rawls intenta lograr primero una igualdad de oportunidades básicas para todos y luego, ya en la carrera de las diferentes capacidades, intenta compensar a los más rezagados. Lo que esta teoría en el fondo está haciendo es apelar a la justicia distributiva y relegar a un segundo plano la justicia conmutativa y por lo tanto desplazar el derecho a la propiedad individual y su libertad de acción.

Más allá de la validez o no de esta primacía que nos ocuparemos en otra oportunidad, lo importante es destacar que este proceder deja al descubierto otra desigualdad muy visible entre los países y que aporta una robusta explicación a las diferencias sociales. Nos estamos refiriendo a la responsabilidad que atañe a los gobiernos que ejercen el poder público, para lo cual la “transparencia” en la que se desenvuelve la relación entre el sector público y privado pasa a ser un factor clave en los términos de aquella lógica distribucionista.

Si consideramos el informe realizado anualmente por “Transparency International”, una de las más prestigiosas publicaciones acerca de la percepción de corrupción en los diferentes países, podemos verificar una enorme divergencia y es aquella que se produce precisamente entre las sociedades que menosprecian la transparencia con aquellas que la valoran, siendo éstas últimas las que generan mayores ingresos per cápita tal como se refleja en el siguiente gráfico.

Fuente: elaboración propia en base a The World Bank y
Transparency International


Posiblemente la pobreza debería concebirse como la privación de las capacidades básicas y no sólo como una renta baja como lo afirma magníficamente el premio nobel de economía Amartya Sen en su libro Desarrollo y libertad, en donde nos manifiesta la importancia de centrarnos en la calidad de vida y en las libertades fundamentales en lugar de focalizarnos en las arraigadas tradiciones económicas con eje en la riqueza. Pero a la vez es cierto como aclara Sen que la corrupción general es uno de los principales obstáculos que impiden el progreso económico, y coincidimos con él en que es difícil erradicarla induciendo a los individuos a ser menos interesados por su beneficio personal sino que es trascendental examinar las normas y los valores presentes en cada sociedad.

En este sentido Santo Tomas de Aquino, un notable exponente del derecho natural, nos enseña en la Suma Teológica, su opus magnum, que la ley “se ordena al bien común” y se impone a modo de “regla y medida”. Con la posterior aparición del positivismo jurídico esta moralidad en las leyes perdió acaso algo de su vitalidad, aunque subsiste un factor de equilibrio dado que el poder coercitivo de las leyes no debería alejarse de dos axiomas fundamentales: la prudencia en su elaboración y la transparencia en su ejecución.

Por lo tanto, si los gobiernos no llevan a cabo fielmente esta noble tarea las sociedades caen en aquél dilema tan bien explicado por Bastiat en un ensayo publicado en 1854 titulado La ley: “Ninguna sociedad puede existir si en ella no reinan leyes en alguna medida; pero lo más seguro para que las leyes sean respetadas es que sean respetables. Cuando la ley y la moral se contradicen, el ciudadano se encuentra ante la cruel alternativa de perder la noción de moral o perder el respeto a la ley. Dos desgracias igualmente grandes entre las cuales es difícil elegir”.

Sin dudas, cualquiera sea la respuesta a este dilema, se deforma aquella pretendida justicia distributiva y por lo tanto las desigualdades sociales dejarían de ser una cuestión de privilegios de unos sobre otros provocadas por la libertad económica para pasar a ser una cuestión esencialmente axiológica y cultural, un tema que ya hemos tratado en otra oportunidad (*) y que arribamos ahora por este otro camino alternativo.

 
(*) Ver Cultura, economía y riesgo